Ramón Barrionuevo fue uno de los últimos en dejar el crucero argentino tras el ataque en Malvinas.
El Atlántico Sur estaba en calma aquella tarde del 2 de mayo de 1982, hasta que los torpedos lanzados por el submarino británico HMS Conqueror marcaron el destino del ARA General Belgrano y de los 1.093 tripulantes que navegaban en él. En medio del caos, el fuego y la oscuridad, un catamarqueño escribió una de las páginas más silenciosas y contundentes de la guerra.
Ramón Barrionuevo, suboficial oriundo de Piedra Blanca, en el departamento Fray Mamerto Esquiú, no pensó en sí mismo cuando el buque comenzó a escorarse. Mientras muchos buscaban una salida entre cubiertas cubiertas de combustible y estructuras dañadas, él recorrió sectores críticos para asistir a compañeros, ayudar a evacuar heridos y verificar que no quedaran hombres atrapados.
La situación se volvía irreversible. Sin energía, con la proa devastada y el barco inclinado, la orden de abandono ya no admitía demoras. El comandante Héctor Bonzo dio la orden final: todos debían abandonar el buque.
Uno a uno, los tripulantes comenzaron a evacuar.
Cuando el movimiento cesó, Bonzo creyó que ya no quedaba nadie a bordo. Permaneció unos instantes más en cubierta, en soledad, fiel a una tradición naval que indica que el comandante debe ser el último en dejar su nave, incluso a riesgo de hundirse con ella.
Entonces ocurrió lo inesperado.
Desde atrás, entre la penumbra, el humo y el silencio quebrado por el crujir del casco, apareció Barrionuevo. Su figura, casi fantasmal en medio del escenario devastado, sorprendió al comandante. No se había ido.
Había regresado.
“Si usted no salta, yo tampoco, mi capitán”.No fue una frase impulsiva. Fue una decisión consciente en el límite entre la vida y la muerte. Barrionuevo ya había cumplido con su deber: había recorrido el buque, asistido a sus compañeros y colaborado en la evacuación. Pero eligió volver. Eligió no dejar solo a su comandante.
El tiempo se agotaba. El barco se inclinaba cada vez más.
Bonzo dudaba. No por temor, sino por convicción.
“¡Vamos, señor comandante!”, insistió Barrionuevo.
Ese grito terminó de quebrar la escena.
Ambos corrieron hacia la borda y se arrojaron al mar en los últimos instantes, segundos antes de que el ARA General Belgrano desapareciera en las profundidades.
No se trató solo de un acto de disciplina. Fue un gesto de lealtad absoluta. Barrionuevo no solo permaneció junto a su superior hasta el final, sino que además le salvó la vida al forzarlo a abandonar el buque en el momento decisivo.
El hundimiento dejó 323 muertos y más de 700 sobrevivientes. Entre estos últimos, quedó grabada la imagen de los dos hombres abandonando el barco en el instante final, una escena que con el tiempo recorrería el mundo como símbolo del temple de la tripulación.
Día del Crucero
Cada 2 de mayo se conmemora el Día del Crucero ARA General Belgrano, instituido para recordar a los 323 tripulantes que murieron en el ataque y a quienes sobrevivieron a una de las jornadas más dramáticas de la guerra de Malvinas.
En ese marco, la figura de Barrionuevo adquiere un significado especial para Catamarca. Nacido en Piedra Blanca y actualmente radicado en su provincia natal, su historia forma parte del patrimonio vivo de la memoria local.
Con el paso de los años, la figura de Ramón Barrionuevo trascendió el episodio puntual del hundimiento y comenzó a ocupar un lugar destacado en los espacios de memoria vinculados a Malvinas.
El suboficial catamarqueño, ha participado en actos conmemorativos y homenajes en distintos puntos del país,recibió distinciones por su accionar durante la guerra, fue declarado visitante ilustre en diversas ciudades, y también fue distinguido en el Congreso de la Nación por su ejemplo de patriotismo.Como integrante activo del Rotary en Catamarca, forma parte de actividades educativas y protocolares vinculadas a la memoria de Malvinas.






