El Milan lo rechazó, el Inter le abrió los brazos y a los 17 años debutó y pronto comenzó a disipar todas las dudas sobre su rendimiento hasta convertirse en una leyenda.
Nació un 23 de agosto de 1910 y murió el 21 de agosto de 1979. El mes de la vida y de contar las flores desde abajo. Así comienza la historia de Giuseppe Meazza, el ídolo máximo del fútbol italiano que, a pesar de sumar 116 años en el calendario, se resiste a ser solo un recuerdo de los libros. Perdió a su padre cuando era muy niño a causa de la Primera Guerra Mundial y fue criado por su madre, quien atendía un puesto de frutas en el mercado del barrio Porta Vittoria para tener ingresos. Dinero no había, lujos tampoco. Se hizo de abajo en medio de la nada. Le tocó ayudar en el negocio frutero y, en los tiempos libres, jugaba a la pelota –la mayoría hechas con trapo- en las calles empedradas. Eran sus recreos en medio de la postergación.
Su mamá, no muy contenta con el fanatismo de Meazza por el fútbol, le escondía los únicos zapatos que tenía para que no jugara y lo hacía andar descalzo por la calle. Pero su creatividad siempre tenía un plan B para sortear los impedimentos y se las ingeniaba cubriéndose los pies con telas para seguir pateando los bollos de trapo que iban de un lado al otro, con el sueño de alguna vez hacerlo en una cancha. No había forma de detener su destino y terminó yendo a hacer sus primeros pasos al modesto Gloria FC. “Mi pobre padre, justo antes de perderlo, trató de darme un rifle para el día de San José, pero me rebelé. No paré de rodar por el suelo y gritar… yo quería una pelota”, llegó a confesar el propio Meazza.
Admirador del A.C. Milán, lo primero que hizo después de poner a prueba su potencial fue arribar a las filas del Rossoneri, lugar donde hizo una prueba y lo rechazaron por su físico esmirriado. Se fue al equipo rival. En el Inter sí le abrieron los brazos y a los 17 años tuvo su chance en el primer equipo. Las dudas sobre su rendimiento se disiparon rápidamente. La leyenda se hizo sola. Campeón de la Liga, de la Copa Italia, tres veces máximo anotador de la Serie A, capitán y emblema. Y máximo artillero de su historia con 284 goles en 408 partidos. Al Milán no le quedó más que reconocer su capacidad goleadora y lo terminó contratando, pero su paso no fue rutilante ni prolífico.
La coronación de su historia máxima en el fútbol fue en la selección italiana. Fue bicampeón del mundo, alzando el trofeo en 1934 y 1938. Juego elegante, picardía y aliado del gol. Un artista que se encargó de complicarles a los periodistas la tarea de traducir lo que eran capaces de hacer sus pies. El hijo de la guerra hizo que los años ’30 fueran dorados en el deporte de su país. La gloria fue bajo las órdenes del entrenador Vittorio Pozzo y el hostigamiento de Benito Mussolini, quien tenía la deferencia de enviar mensajes en las instancias de final: “¡Vincere o morire!” (“¡Ganar o morir!”).
El Duce vio en el fútbol, sobre todo en el torneo creado por Jules Rimet, la forma de demostrar que eran “los titanes del orden viril”, como dijo alguna vez el Indio Solari en su canción. El lema era fortaleza y mentalidad guerrera bajo su dictadura. El temor ante la falta de éxito, sumado al talento de Meazza, la máxima estrella italiana de la década del ’30, hizo que el lema de la propaganda fascista tome vuelo. “Nosotros vamos a organizar la Copa del Mundo como nunca se organizó antes un acontecimiento deportivo. De acuerdo. Pero lo importante no es organizar la Copa, lo importante es ganarla”, fue lo que dijo Mussolini a las autoridades de la Federación Italiana de Fútbol (FIGC) antes de ser los anfitriones en 1934
El hombre de los goles
“Rapidez, inteligencia y potente patada se han sumado a la perfección con su peculiar capacidad para atraer al portero fuera del arco, y han hecho que gane muchos admiradores, quienes declaran que no tiene rival”, lo describía el diario The Times en 1933. “Tenerlo en tu equipo significaba empezar un partido ganando por 1-0. Era el atacante nato por excelencia. Leía el juego, comprendía las situaciones y hacía funcionar a la totalidad del ataque con una concepción del juego siempre basada en la técnica. Era distinto a todos en su época”, también aportaba Pozzo, el histórico entrenador de “La Azurra”.
En el barrio de San Ciro, el coloso estadio donde hacen de local Inter y Milán, antes llevaba el nombre homónimo de su lugar de residencia, pero en los ’80 se bautizó a Giuseppe Meazza, en honor a la figura de este futbolista italiano bicampeón del mundo que pasó por los dos equipos del municipio. Considerado uno de los estadios más relucientes de Europa, dicho por los futboleros locales, también conocido por ser “la ópera del fútbol”, tiene capacidad para 80 mil espectadores.
Albergó tres partidos mundialistas en 1934 y seis en la edición de 1990. Se jugaron cuatro finales de Champions League. La última fue en 2016, partido entre Real Madrid y Atlético Madrid, y la orejona quedó en la Casa Blanca. También recibió artistas de alto vuelo y por su escenario pasaron las canciones de Bob Marley, Madonna, U2, Los Rolling Stones y Michael Jackson, entre otros. Eduardo Galeano, en su libro El fútbol a sol y sombra, dijo que en Milán “el fantasma de Giuseppe Meazza mete goles que hacen vibrar al estadio que lleva su nombre”.
La pregunta es: ¿Será por esos goles que sigue ganando la disputa entre los que se resisten a llamarlo Meazza y prefieren San Ciro?







