El sector de la construcción atraviesa un escenario prolongado de estancamiento que mantiene a la actividad económica aproximadamente un 25% por debajo de su último pico. Lejos de tratarse de una problemática aislada, referentes de la industria advierten que la falta de inversión en infraestructura se ha convertido en un cuello de botella crítico para el desarrollo general del país.
Tras las fuertes caídas registradas entre 2023 y mediados de 2024, la actividad logró estabilizarse, pero sin mostrar señales de recuperación. Este enfriamiento tuvo un correlato directo en el mercado laboral y empresarial, traduciéndose en la pérdida de miles de puestos de trabajo y la desaparición de unas 2.000 empresas del sector, mientras que el resto enfrenta serias dificultades financieras y un mercado de desarrollos inmobiliarios que opera con márgenes muy ajustados.
Si bien algunas regiones específicas traccionan de forma positiva gracias al impulso de la energía y la minería, este dinamismo resulta insuficiente para compensar el desplome generalizado en el resto del territorio. En este marco, se señala que el grueso de la inversión en infraestructura básica —como rutas, ferrocarriles y obras de gran escala— requiere de la participación estatal, ya que muchas de estas obras no resultan rentables para el capital privado.
Sostener el crecimiento económico a largo plazo exige elevar de manera sustancial los niveles de inversión en infraestructura respecto al Producto Bruto Interno, un desafío central para evitar que las restricciones físicas de la economía sigan condicionando el desarrollo productivo nacional.







